Le costaba respirar. Sangraba por el costado, por la nariz y por la boca. Miraba a su alrededor buscando una explicación, si es que la había. Sólo encontraba una multitud tranquílamente sentada contemplando su sufrimiento, animando a su verdugo.
Y allí estaba frente al astado, lidiando en La Plaza de Toros de Las Ventas en la Feria de San Isidro. Mi sueño desde niño al fin se cumplía. Llegaba el momento de la estocada, donde te juegas todo. En la arena solos el toro y yo, y en medio mi espada apuntando al animal, nerviosa pero firme. El toro miraba a su alrededor, yo trataba de llamar su atención y de repente...
De repente se giró y me miró. No una mirada cualquiera, no una mirada perdida o al vacío... no fue una mirada más, fue ''la mirada''. Fijó sus ojos en los míos. No me pedía piedad, me compadecía. Su enorme cuello parecía decirme que me plantaría cara hasta el final si así lo deseaba, y sus patas que no se doblarían hasta que el aliento de la muerte no le dejara más remedio. Que únicamente bajaba la cabeza para embestir nunca para suplicar. No pestañeaba y su respiración ensangrentada parecía tranquilizarse por momentos. Yo, sin embargo, cubierto de sudor y sangre ajena no paraba de cerrar y abrir los ojos. Quería dejar de ver esa mirada, no podía soportarla... ¿Que coño me estaba pasando?
Se hizo un silencio absoluto en las gradas, un silencio tan grande que se oyó fuera de la plaza. La gente que paseaba por los alrededores se quedó parada, ¿qué estaría pasando ahí dentro para que casi 24.000 personas se callasen a la vez?.
Entonces me fallaron las fuerzas. Mantuve la mirada al animal mientras bajaba la espada. Luego la dejé caer a la tierra. Sus ojos seguían sin pestañear, y yo no podía mantenerme de pie. Caí de rodillas como si una espada imaginaria me hubiese dado la estocada que segundos antes iba a dar yo. Cerré los ojos y bajé la cabeza, no merecía tenerla alta. No merecía mirarle a los ojos. Me puse a disposición entera de su juicio. No era yo quien actuaba, era mi alma. Entonces el toro, esta vez sí, bajó la cabeza provocando el terror en el público y en mí, pues aunque no le veía podía notar la tensión en la que estaba el espectador en ese momento. Se acercó lentamente y me puso su frente en la mía dejando sus cuernos alrededor de mi cabeza, pero sin siquiera rozarme. Yo me encontraba totalmente aterrorizado pero sabía que estaba experimentando algo maravilloso. Lo siguiente que hizo fue tumbarse y mirar a las gradas como diciendo: ''le perdono, este hombre y yo ahora somos amigos''. Rompí a llorar.
No hay comentarios:
Publicar un comentario