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miércoles, 13 de noviembre de 2013

Minicuento 2.

''Aquella noche se acostó pensando en ella, como tantas otras últimamente. Repasando esos buenos momentos que cada vez que la ve se repiten, esa sonrisa eterna que le regala.
Pero se quedó en vela desconcertado por su actitud siempre reservada. Tumbado en la cama miraba a su gata, a la que su hermana pequeña había llamado Kiara, durmiendo a sus pies. Buscaba respuestas. Pero nada, no lo entendía.
¡Derrítete mujer de hielo!. ¡Déjate querer!. Kiara se despertó sobresaltada. ¡Ábreme las puertas de tu corazón como me abriste las de tu vida!. Pierde el miedo a amar, y piérdelo pronto por favor. Kiara se quedó dormida de nuevo cuando el chico se calló de una vez.
Sopló la vela que alumbraba la habitación. Todo quedó a oscuras, quizás también su esperanza y su ilusión. Pero sabía que esa oscuridad solo duraría un par de horas pues se iría con el amanecer. Entonces, él volvería a intentar quererla una vez más. Si no lo conseguía, moriría congelado junto a ella. Sabía los riesgos, y los asumió.''


La última hoja del libro la he arrancado y arrugado, de modo que cada uno puede ponerle el final que quiera. Seguro que todos son válidos, seguro que todos ya han existido, seguro que todos volverán a ocurrir. 

lunes, 4 de noviembre de 2013

De lo que de repente recuerdo de aquel viejo.

Paseando tranquilamente por un parque, escuchando música, de repente me vino a la mente un momento ocurrido hace aproximadamente unos doce años. Efectivamente, yo era un niño.
Un campo de tierra, dos porterías, dos balones, ocho amigos y un viejo. Un viejo solitario con su propio balón ocupando una portería. Amargado, borde y cabezón. Hoy me pregunto si también loco.
No quiso jugar con nosotros y no quería dejar la portería para que jugasen unos críos. Contestó con malas palabras a mis preguntas, y a mis amigos se les escapó algún que otro insulto. Yo nunca he sido de insultar a nuestros mayores, aun cuando su comportamiento lo merece.
El señor disparó a puerta, se cayó al suelo y gritó. Me estremecí. Un compañero y yo nos acercamos para ayudarle a levantarse y a interesarnos por él. Rechazó nuestra ayuda toscamente y se levantó, no sin trabajo. Cogió su balón y se marchó de mala gana, enfadado. A mi también me enfadó su comportamiento hacia mí.


Posiblemente aquel hombre fuese octogenario. Hoy siento curiosidad por su historia, por lo que le llevó allí: ¿un futbolista caído en el olvido? ¿un abuelo sin nietos? ¿un viudo que no quiere estar en casa? ¿simplemente un senil?. No lo sé. Ni siquiera tengo claro qué tiene de especial esta historia, pero lo que sí que sé es que antes de sentenciar categóricamente a alguien, debemos intentar saber su historia. Solo así sabremos ser justos y comprensivos. No siempre somos responsables de nuestros actos. A veces algo en nuestro interior escapa a la razón y nos los impone. Es entonces cuando deseamos no ser juzgados.