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viernes, 8 de febrero de 2013

A mi diario.

Muchas veces me preguntan que por qué escribo un diario. No suelo contestar a esa pregunta, la respuesta probablemente sería demasiado moñas.
Pero mi blog no entiende de moñeces.
Llevo escritos cuatro mil noventa días de mi vida, es decir, once años. Yo mismo me he sorprendido al hacer las cuentas. Esto da una idea de lo constante que puedo llegar a ser.
¿Por qué empecé a escribir? No estoy seguro, imposible estarlo. Pero supongo que fueron mis ganas de recordarlo todo y de que mi ''yo'' futuro pudiera saber que un día fue niño, adolescente y joven, y qué no nació con todo aprendido.
¿Por qué escribo ahora? Porque en cierto modo es mi psicólogo. Quienes tengan un perro posiblemente me entiendan. Sus hojas en blanco siempre están ahí dispuestas a escucharme. Muchas veces escribo chorradas y rutinas pero esa no es su verdadera misión. Lo que me lleva a escribir día a día es que en esos momentos en los que necesitas expresar todo lo que sientes él está ahí. Y lo mejor es que da igual lo que le cuentes que no te lo va a reprochar. Tras escribir tus ideas y pensamientos te quedas a gusto, y también con las cosas más claras. Todo se ordena en tu cabeza, las cosas cobran sentido. Te descubres a ti mismo, te vienen respuestas y soluciones de tu interior, qué quizás no sean mejores que los consejos de un amigo, pero vienen de ti, y si te confundes te confundes tú.
Sé que tarde o temprano perderé la rutina, pero siempre habrá una hoja en blanco dispuesta a escuchar mis problemas y, por supuesto, mis alegrías.
Un diario: tu compañero de viaje, el viaje más importante, el viaje de tu vida.