El frío calaba hasta los huesos. Pero nuestras manos, con la ayuda de los guantes, siempre estaban dispuestas a pasear juntas desafiando al mercurio. La boca siempre despejada para recibir un beso. La cámara siempre dispuesta para retratar momentos inolvidables.
Un río que parece un mar. Una torre sin iglesia que recuerda las consecuencias de una guerra. Un parking revoltoso que nos enseña que si pudiste entrar, puedes salir. Siempre es así. Bueno quizás no. Estoy confuso ¡no lo sé!.
Momentos que dejan en evidencia que la mejor forma de no ser malentendido es mostrar tu sonrisa, una sonrisa que sea sincera; cuando no sepas seguir, simplemente sonríe. La sonrisa es universal.
Y a la vuelta toca conducir de noche, lloviendo y con niebla. ¿Podría ser peor? Sí, simplemente añádele que no es tuyo ni el coche ni el país. Pero no pasa nada. No pasa nada porque aunque no pueda despegar la mirada de la carretera tu voz está ahí. Solo con hablar la oscuridad se desvanece y se transforma en claridad.
Aunque solo sea en mi mundo: amo la oscura claridad.