Cogí la rana y se me escapó, la cogí de nuevo y de nuevo se me volvió a escapar. Y entonces hizo algo que parece fácil pero que seguro que muchos de nosotros no tendríamos la valentía de hacer: fingir estar muertos.
Se quedó totalmente inmóvil dejando al descubierto su tripa blanca, totalmente a mi merced. La toqué con el pie y nada, totalmente inmóvil. Me alejé y siguió quieta, luchando a su manera por sobrevivir. Es una táctica a la desesperada que no la libró de ser capturada, sacada de la piscina y puesta en libertad en un arroyo.
Ahora bien, ¿los humanos haríamos eso ante un oso? Es una de las ocasiones en las que debemos fingir estar muertos... Y sin embargo corremos, es instinto. Ante el peligro corremos, aunque no siempre en la dirección correcta. Corremos y suplicamos. ¡Suplicamos!
Y cuando nos asfixiamos paramos, paramos y lloramos. Lloramos y pensamos hasta que nos estalla la cabeza. Buscamos en qué fallamos más para lamentarlo que para no volver cometer el mismo error. Y lamentarse no sirve de nada, solo vale buscar soluciones.
A veces creo que deberíamos hacer como la rana: no correr, no pensar, ser valientes. ¡Valientes!.

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