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lunes, 15 de septiembre de 2014

Minicuento: Silencio Absoluto.

Marcelino adoraba el silencio. Su padre siempre quiso que la gente le llamara Marcelo, pero su mofletes finos e imberbes, su pequeña altura, su cuerpo menudo y una miopía acentuada, hacían de este deseo algo inalcanzable.

Se crió en un pueblo pequeño, pero a los 12 años se mudó a una gran ciudad, y dos inviernos más tarde a otra aun mayor. Su mundo de tranquilidad y armonía se convirtió en contaminación, aglomeraciones y ruido, ruido por todas partes. Incapaz de centrarse en sus estudios, su padre le puso a trabajar en una fábrica. Allí el ruido hacía que la ciudad pareciese silenciosa. Pero no lo era, nada lo era. Sonidos molestos por todos los rincones. Sudores y temblores recorrían su cuerpo durante el día en el trabajo, pero también por la noche en la cama. El ruido convertido en obsesión.

No dormía, apenas comía. Estaba enfermo. Su padre, que aun conservaba la casa del pueblo, decidió mandarle al campo para que mejorase. Marcelino ese mismo día hizo las maletas y se marchó con la mejor de las sonrisas. Creía que se curaría.

Sin embargo, rápido se acostumbró a aquel ambiente. Empezó entonces a buscar el silencio perfecto. El cantar de los pájaros, por ejemplo, le molestaba. Se llegó a plantear la opción de matar a todos los pájaros que se acercasen a su casa, pero pronto desechó la idea. Debería haber matado también a todos los perros de los vecinos, a todos los gatos... incluso talar todos los árboles para que no sonasen sus ramas agitadas por el viento.


Finalmente, su solución fue esconderse bajo tierra. Cavó bajo su casa todo lo que pudo. Un enorme agujero de diez metros de profundidad por dos de diámetro. Subía a la superficie lo justo para abastecerse de agua y comida y para hacer sus necesidades. Nada más. Tenía abajo una cuchara, un tenedor, un cuchillo, un vaso y una almohada. Solo eso. Sus ojos se acostumbraron a la oscuridad atenuada por una pequeña bombilla pero se volvieron hipersensibles a la luz del sol.

Con el tiempo su piel se volvió extremadamente blanca y quedó ciego. Aun así, cada vez que sus padres le llamaban por teléfono, aparentaba estar mejor que nunca para que no fueran a verle. De esta forma su aislamiento físico y social era casi absoluto.

La ceguera no hizo más que incrementar su fanatismo por el ruido pues, al ser privado de uno de los sentidos, desarrolló todos los demás. Así fue cómo le empezó a molestar el ruido que hacía al respirar. En su afán por lograr el silencio absoluto dejó de respirar...un minuto, dos... Fracasó. No sólo sentía latir su corazón, sino que al dejar de respirar también podía oír sus contracciones. No se lo pensó dos veces: cogió el cuchillo y se lo clavó en el corazón. Cayó al suelo esperando a que el corazón dejará de latir, sin respirar. Lo había conseguido. El silencio absoluto.

Sin embargo, en el último suspiro de su muerte pestañeó tres veces, y las tres veces pudo apreciar el entrechocar de sus párpados. Esbozó una sonrisa de indignación y cerró los ojos para disfrutar del silencio del sueño eterno.

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