Clasificación

lunes, 4 de noviembre de 2013

De lo que de repente recuerdo de aquel viejo.

Paseando tranquilamente por un parque, escuchando música, de repente me vino a la mente un momento ocurrido hace aproximadamente unos doce años. Efectivamente, yo era un niño.
Un campo de tierra, dos porterías, dos balones, ocho amigos y un viejo. Un viejo solitario con su propio balón ocupando una portería. Amargado, borde y cabezón. Hoy me pregunto si también loco.
No quiso jugar con nosotros y no quería dejar la portería para que jugasen unos críos. Contestó con malas palabras a mis preguntas, y a mis amigos se les escapó algún que otro insulto. Yo nunca he sido de insultar a nuestros mayores, aun cuando su comportamiento lo merece.
El señor disparó a puerta, se cayó al suelo y gritó. Me estremecí. Un compañero y yo nos acercamos para ayudarle a levantarse y a interesarnos por él. Rechazó nuestra ayuda toscamente y se levantó, no sin trabajo. Cogió su balón y se marchó de mala gana, enfadado. A mi también me enfadó su comportamiento hacia mí.


Posiblemente aquel hombre fuese octogenario. Hoy siento curiosidad por su historia, por lo que le llevó allí: ¿un futbolista caído en el olvido? ¿un abuelo sin nietos? ¿un viudo que no quiere estar en casa? ¿simplemente un senil?. No lo sé. Ni siquiera tengo claro qué tiene de especial esta historia, pero lo que sí que sé es que antes de sentenciar categóricamente a alguien, debemos intentar saber su historia. Solo así sabremos ser justos y comprensivos. No siempre somos responsables de nuestros actos. A veces algo en nuestro interior escapa a la razón y nos los impone. Es entonces cuando deseamos no ser juzgados.


No hay comentarios:

Publicar un comentario