Un escalofrío me recorrió el cuerpo cuando mi primo me dijo que el hijo de una excompañera mía del trabajo se había suicidado. ¿Cómo?¿Por qué?¿Y eso?... Todo interrogantes... Un chaval de 20 años se sube a un repetidor de ondas y se tira. ¿Y por qué no se pudo caer? Intentaba buscar que la fatalidad fuera debida a un accidente y no a un acto premeditado. El fin es el mismo: un hijo muerto. Pero la culpa de un suicidio será una losa para la familia de la que difícilmente se podrán librar. Terrible. Terrible no por el suicidio, que hay muchos y para el lector será uno más, no ya por mí que no conocía al chico; terrible por la madre. Me invade la rabia de que le haya pasado precisamente a ella, una mujer super alegre que fue la que más me ayudó mis primeros días de prácticas en la empresa. Una persona que día sí día también te hablaba con una sonrisa en la boca y se paseaba por la oficina ofreciendo dulces, golosinas, chocolatinas... Justo a ella, puto sentimiento de saber que no volveré a ver a la dulce mujer que no paraba de contar anécdotas de sus hijos en el descanso de las 11.
Como padres no pararán de preguntarse qué hicieron mal... Llegan informaciones: el chico era tímido, estaba acomplejado por su delgadez y llevaba varios días deprimido en su cama. Y para añadir más drama a la familia el cuerpo sin vida lo encontró el hermano, de edad próxima al fallecido. Seguro que lo que vio no lo olvidará en la vida. Cómo pensar que tu hijo podía llegar a eso...
Siempre se habla bien de los muertos. No puedo. Me muerdo la lengua para no decir nada fuera de tono, pero me parece un acto sumamente egoísta. Tú te quitas del medio, el camino fácil que lo llaman (aunque no debe ser tan fácil dejarse caer al vacío), pero ahí dejas a tu familia rota, descompuesta, indefensa, hundida. Estés donde estés si pudieras ver tu entierro, te habrías bajado del repetidor.
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