Abrí los ojos y estaba nublado. Era de noche y estaba oscuro. Oscuro y nublado, nublado como el resto de los días. Podría crear que mi desconcierto lo provocó la niebla, pero no. La niebla no me dejó ver, pero una vez que se levantó apareció toda la mierda. La mierda que por naturaleza las personas dejan en el lugar donde menos te lo esperas. Donde tu amigo se convierte en tu enemigo sin saber el por qué de sus acciones y de sus palabras y la única solución de mantener la paz es jugar a su mismo juego, a la doble cara. Donde una amistad se pone en juego por la envidia y la sinrazón, pero esta vez no ganan, no. El pueblo habla, se acepta, quizás sea así por naturaleza. ¿He de asumir también que el enemigo esté en casa? No lo sé. Muerto el perro se acabó la rabia; mejor enterrar todo y mirar hacia otro lado. Lado que sé que existe y en el que no quiero jugar. Ellos siguen su camino, yo el mío; los años pasan y aquí seguimos, en plural, los dos, sin temor, con la conciencia tranquila. Y así seguiremos, los dos, para el pasado y para el futuro: para el pasado para que sepa que se equivocó, para el futuro para que no caigan en el mismo error. Algunos creen pero no saben, esos me dan igual. Otros creen y saben, esos son los que me importan.
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